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Series Medias # 9
Una serie de recomendaciones y disgresiones sobre todo lo que me interesa

Bueno, yo avisé. Esto iba a salir cuando se pudiera y cuando se tuvieran ganas. Entre compromisos y suspirar fuerte mientras se levanta al puñito al cielo, esto no ha podido venir antes, pero aquí estamos de nuevo. Intentaré que sea más breve para que sea más a menudo, en fin, yo qué sé, hago lo que puedo. Vamos a lo que vamos:
La insoportable levedad del formato físico
Hace un par de semanas recuperé del fondo de mis carpetas de DVDs el disco de una película de terror coreana semidesconocida, Memento Mori. Es levemente anterior a toda la oleada de cine coreano que llegó a principios de este siglo: esta es de 1999, y de hecho, es una secuela, así que se puede apuntar un éxito previo aún más distante en el tiempo a la devoción con la que los festivales de cine occidentales empezaron a programar cine del país (los de autor: los de género -que es donde está el arte y la vanguardia y la diversión- ya llevaban mucho tiempo prestando atención a películas como The Hole, Tell Me Something, The Quiet Family o la propia saga de la que esta es la segunda entrega, Whispering Corridors, y que llamaban la atención por un sadismo solemne yt un sentido del humor perturbador que dejaba en mantillas a sus homólogos chinos y japoneses, que eran los dos focos de atención del fandom por entonces).
La película no me pareció el acabóse en esta revisión, más allá de las simpatías que me despierta la oleada de películas de colegiales y colegialas tronados de origen asiático que abundaron en la época y cuya cima indiscutible es la japonesa El club del suicidio de Sion Sono. Pero eso es lo de menos. Lo de más es que me ha hecho pensar en el formato físico no como gatillo que activa la nostalgia, y que es lo que ya nos sabemos todos de memoria (la magdalena de Proust de mi generación: la leve resistencia que experimentas cuando intentas pulsar Play en un cassette), sino como imprescindible repositorio de obras que no es fácil encontrar de otro modo.

He buscado Memento Mori en los suministradores de vídeo habituales (por supuesto, nada por la vía legal), y no he tenido suerte. Estoy convencido de que una búsqueda en profundidad acabaría arrojando una copia de la película (Whispering Corridors, por ejemplo, sí que se medio encuentra), pero eso es solo un detalle La cosa es que revisándola, consciente de que no había otra forma de verla (un DVD que, aunque original, es la edición china de su día, es decir, doblada del coreano y con subtítulos incrustados que no se pueden eliminar, además de con una calidad de imagen absolutamente terrible, y yo diría que sin respetar el formato original), me daba la sensación de estar ante una especie de lost media que no tenía razón de ser, teniendo en cuenta que la película desarrolló cierto culto en su momento (es una segunda parte de un éxito previo, insisto). Todo eso le añadía cierto componente siniestro al artefacto, pero el pensamiento en general era de “cuando se me rompa este DVD, y pasará, como me ha pasado con tantos DVDs comprados en bazares chinos de la época, se acabó la película”. (Después de escribir este texto, he descubierto que la película fue remasterizada y relanzada hace no muchos años; ya no es esa cosa oscurísima que yo creía, pero no hay forma de encontrar esta versión renovada, ni por vías legales ni lo otro).
Estos tiempos de acceso (legal o no) a TODO han acabado haciendo que desarrolle cierta obsesión con el material de la cultura pop que ha desaparecido. Paradójicamente, debiodo al seguimiento masivo que tuvieron en su día, a las instituciones de conservación audiovisual o a la combinación de ambas cosas, es relativamente sencillo encontrar emisiones televisivas de hace unas décadas, por ejemplo. Pongamos, de TVE durante los sesenta (mediante la estupenda plataforma digital del Ente) o de la primera Telecinco (gracias a los locos que grabaron todo, ripearon los VHS y lo han subido a youtube). Pero conforme voy cumpliendo años, me doy cuenta de que lo que dejamos atrás, irrecuperable, es mucho más de lo que conservamos.

Por cada Luz de Luna que recupera Filmin, miro mis estanterías y veo decenas de series que no hay forma de ver en streaming. Justo delante de mis ojos: V, la serie de Batman de los sesenta, Misterio, El prisionero, Los Vengadores, Superagente 86, la Dimensión Desconocida. Sí, muchas de ellas café para los muy cafeteros, pero otras de ellas piezas fundacionales de la cultura pop. Y con los libros igual: por cada libro que se reedita en la marabunta de novedades de cada mes, miro por encima del hombro y tengo en mis estanterías decenas de volúmenes que hace años que no se ven por ninguna parte. Al azar: Palabra de calle’ (un ensayo sobre el léxico de la huerta murciana), Sortilegio de Clive Barker, La ascensión secreta de Michael Bishop, El ejecutivo de Thomas M. Disch. ¿Discos? Todo accesible, todo a mano, pero hace un par de semanas retiraban el disco más conocido de los Misfits de todas las plataformas de streaming por cuestiones de derechos, como cuento más abajo. Y los últimos desmanes pro-genocidas de Spotify hacen que la plataforma mayoritaria de streaming de música vaya perdiendo poco a poco a muchos artistas que tienen cierto control de su catálogo, como Fermín Muguruza, que se ha llevado de ahí hasta los discos de Kortatu. Bien por la dignidad colectiva, mal por el mensaje de “todo está en internet”.
Brevas
Hace unas semanas, y de cara a enfrentarme a la última (y estupenda) entrega de la serie, me revisé todo Destino final. Con sus irregtularidades inevitables ante una saga tan larga (pero con un saldo muy positivo la mayoría de las ocasiones, excelente bastante a menudo), me percaté con la revisión que las películas de la franquicia habían inventado una manera de mirar el peligro. En el contexto de la serie, un travelling a una cafetera, un camión de ocho ruedas, una puerta de garaje o una cisterna atascada, el objeto más inane y cotidiano se convierte en una potencial posibilidad de muerte. Se me ocurren pocas franquicias de vocación tan abiertamente comercial que hayan generado una gramática de la imagen comparable, y lo han hecho sin pretensiones ni darse demasiado humos. Simplemente proponiendo películas estupendas, de escapismo puro y con un humor negro depuradísimo. Así se crean los lenguajes.
¿Qué posibilidades había este año de que yo viera en concierto a Los Romeos, que se han juntado para dar unos cuantos conciertos en primavera y a… Transvision Vamp en otoño? Aunque Los Romeos fueron lanzados, con indiscutible ojo comercial, como clon hispano de los de Wendy James, sus diferencias son razonables (y sus parecidos también). Yo no le doy muchas vueltas, voy a plantarme en ambos dos, pero demonios si no parece que se han alineado los astros: ambos vuelven con sus dos idolatradas en esta casa cantantes originales, pero a ambos les faltan sus factótums principales. Pedro López, bajista y compositor de todas las canciones de Romeos, falleció hace ya un par de décadas. Y en Transvision Vamp no vuelve Nick Christian Sayer, guitarrista y compositor original de todas sus canciones. No sé, casualidades, pero vaya. Viva 2026, digo yo.

Ando leyéndome toda la espléndida Biblioteca Marvel que está editando Panini, aunque no lo estoy conservando todo (los que no me gustan los estoy revendiendo o regalando, aunque estamos llegando, al fin, al punto en el que casi todo salvo los horripilantes Vengadores y los mierdísimos X-Men, me gusta), y me he encontrado una gratísima sorpresa donde no lo esperaba: el Nick Furia Agente de SHIELD previo a la llegada de Steranko, con un montón de dibujantes menores retocando, entintando o contemplando el trabajo del maestro Kirby. Los argumentos son tan exagerados y autoconscientes y los dibujantes gozan de una libertad tan inmensa (comparado con el encorsetamiento de algunas series “grandes”, como Vengadores, que es que no te lo explicas) que facturan bellezas como esta página de ahí arriba de Kirby y Howard Purcell, que con sus diálogos demenciales y su saturación de personajes parece directamente una parodia de Will Elder para MAD.
Estoy elaborando en Bluesky un hilo de relectura de la revista Fantastic Magazine, pilar esencial para entender todo lo que me gusta y por qué me gusta. Hablaba más arriba de lo que se pierde en los abismos de internet, al desprendernos de lo físico, y las revistas también forman parte de ese paquete. Las revistas son viajes en el tiempo absolutos porque no solo contienen el producto en sí (los artículos, las críticas, las entrevistas), sino también las circunstancias (recuerdos asociados a la relectura ávida, a los paseos al kiosco; y la publicidad, páginas intentando venderte electrodomésticos hoy obsoletos, películas que nadfie ha visto, series imposibles de recuperar). Y el propio objeto, porque el propio artefacto de la revista está caduco: la maquetación, la portada, el diseño, imágenes impresas en papel, textos que delinean las imágenes en vez de desplazarse en una pantalla con el toque del dedo. Nunca creí que viviría la mismísima muerte de un formato que hace diez años nos parecía absolutamente cotidiano, pero aquí estamos.
Pop y Muerte no siempre me gusta, las disquisiciones de Benja Villegas y Kiko Amat me interesan entre poco, mucho, todo o nada según el tema escogido y el enfoque que apliquen. Pero cuando aciertan, ah cuando aciertan, se aproximan bastante a un ideal de crítica cultural que atesoro: la que no solo opina, sino que explica, contextualiza, justifica y desvela por qué nos interesan o no nos interesan las obras. En principio, un podcast sobre uno de mis fetiches absolutos de la cultura pop, Jackass, tenía que llamarme, aunque la clave de que este episodio de Pop y Muerte funcione tan bien no está del todo en el tema escogido (que también: describir un sketch de Jackass es una gozada aunque no se esté viendo, y genera esa especie de risotada franca, básica, reducida a la esencia de lo gracioso, una búsqueda intuitiva del mínimo común denominador de la chanza que sale de forma natural, tal es la magia inaprehensible de Jackass).
No es tanto el tema Jackass, como digo, sino que el enfoque es especialmente acertado. Aparte de los peajes inevitables (e inevitablemente chanantes, insisto), que pasa por enumerar los problemas legales, el usual gang of idiots, las carreras en solitario, los mejores sketches, hay una labor de contextualización muy interesante. Benja Villegas se adentra en los orígenes del movimiento en la cultura del skate, con la revista Big Brother o las carreras de Jack Tremaine y Spike Jonze. Temas sobradamente conocidos, pero que no siempre se explican bien y que aquí están perfectamente contextualizados, haciendo muy comprensible que Jackass no salió de la nada, al contrario, salió de una cultura muy específica. Y Kiko Amat traza antecedentes históricos de Jackass, una maravillosa genealogía de artistas del trompazo que incluyen al boxeador innoqueable Joe Grimm o el slapstick de Buster Keaton, en una aproximación libre de tópicos y con mucho conocimiento de causa.
He oido otros capítulos de Pop y Muerte y ninguno es tan fino como este (aunque se le acerca uno reciente de pop punk donde no se habla demasiado de pop punk pero es igualmente interesante), y deja bien claro que el enfoque de Villegas y Amat para acercarse a lo pop es perfecto: no dar nada por sentado, rastrear los orígenes y, sobre todo, cosquillear la curiosidad. Lo que debería ser siempre el análisis cultural bueno.
Un año de Luz Negra

Un año y pico ya: se cumplieron en febrero doce meses de la salida de este libro que tantas alegrías me ha dado. Por llegar me han llegado hasta las liquidaciones de 2025 de parte de la sacrosanta Minotauro que confió en el proyecto, así que ya sé cuánto se ha vendido y puedo decir que: no sé si se considera mucho o poco, pero a título personal, sí desde luego muchas más personas de las que yo creía que podría convencer de que se leyeran un libro tan personal. Así que gracias a todos y todas.
¿Quiere decir esto que abandonamos la promoción, el háblese de lo mío, el compren mis hermosos jabalíes? En absoluto: hay que seguir comprando Luz Negra, un año después, para que siga siendo best seller tremebundo del género. Os recuerdo un poco de qué va: una estudiosa del cine mudo se adentra en los abismos de Nosferatu, la legendaria película de Murnau que (factos) tiene componendas mágicas debido a la implicación del sectario y experto en ocultismo Albin Grau. En realidad la película es un artefacto de contacto con una criatura maligna que habita más allá del espacio y el tiempo, y tendremos un cónclave de mujeres intentando detenerla: el círculo íntimo de la joven experta en cine, la mismísima viuda de Bram Stoker y una médium victoriana de poderes falsos. O no. Aquí lo importante es el “O no” durante casi 400 páginas.
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