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Series Medias # 10
Una serie de recomendaciones y disgresiones sobre todo lo que me interesa

Bueno, ¿qué te parece que hayamos cogido ya un ritmo no apabullante pero sí con cierta constancia? ¿Es este el famoso Rythm of the Night del que hablaban Los Antiguos? Para completar el desbarajuste os traigo unas palabras sobre una peli que vi en el cine el año pasado, que nadie se piense que estamos aquí a la ultimísima. Vayan pasando.
Un hombre corriente (que corre)
Fui a ver (cuando la estrenaron) The Running Man una de esas películas que llegan con cierto bombo a los cines y luego se deja de hablar de ellas porque pasan como medio de tapadillo entre otros estrenos y luego se disipan en el interés de la peña hasta que aterrizan en las plataformas de streaming (en este caso, la tenéis en Movistar Plus+ y SkyShowtime), que ya es la muerte definitiva de todo: del sentido y de la sensibilidad en especial. Quería comentos un juego muy perverso de significados en The Running Man que sin duda es lo que se ha ganado mi corazoncito. El secreto de la peli está cuando le dicen al protagonista, tras un test psicológico, que nunca había llegado alguien tan cabreado a participar en el concurso. Básicamente, no hace falta que os lo cuente si habéis visto el clásico tróspido de Schwarzenegger, pero: un reality que consiste en sobrevivir en las calles durante un mes mientras un ejército de profesionales y un sinnúmero de chivatos aficionados confabulan para que los concursantes sean tiroteados. Como en la novela original de Stephen King / Richard Bachman en la que se basa, nuestro héroe participa no por masoquismo, sino porque su hija está enferma y necesita dinero para medicamentos.
No es una motivación extraña para un héroe de película, como tampoco lo es el cabreo permanente como rasgo de carácter del héroe de acción clásico. Es eso lo que da a la película de Edgar Wright un aliento casi de propuesta pasada de moda: ahora se llevan, creo que por pestilente influencia de las sobreexplicativas series de televisión, a protagonistas humanos, contradictorios, con buen fondo, llenos de matices. El Richards interpretado por Glen Powell es irascible, impulsivo, sin duda con unas metas que respiran humanidad -la protección de su familia-, pero como sucede con tantos héroes icónicos del cine de acción de los setenta y ochenta Schwarzenegger, Stallone, pero también los acogidos en las baldas del videoclub, como Van Damme, Bronson, Dudikoff-, esa familia es, al final, solo una excusa para dejar salir un vendaval de violencia que el protagonista lleva reprimido y que ha provocado un puñado de despidos de malos modos en su curriculum. Se nos insiste en que todas esas rescisiones de contrato siempre ha sido por causas justas, por proteger a sus compañeros y defender sus derechos, pero también de nuevo, todo parecen excusas. Sencillamente, a este tío le gusta liarla, y esconde sus motivaciones en causas que le convierten en un antihéroe.
Es decir, un sujeto lleno de dobleces, con ese aura fascinante de los action heroes del cine de los ochenta, que se acabó gastando por repetición, pero que no veíamos reencarnados desde hace tiempo, ni siquiera en las películas de los supuestos herederos de aquel cine como Jason Statham, cuyas películas están siempre bañadas en melaza emocional pidiendo permiso moral al espectador. Sí, Statham los mata bien muertos, pero es que los malos han matado a la viejecita, le han sacado de su retiro zen o han secuestrado a quien no debían. Y la auténtica complicidad, en estos tiempos, ya no está en el vínculo emocional, sino en lo que propone The Running Man: el regreso de estos protagonistas como elementos disruptivos, que solo encajan en la sociedad en el contexto de una película llena de trampas narrativas, como disparador, como dinamita para que cambien las cosas.
The Running Man no es una película de tesis, es una película de acción ensimismada en su propia sencillez, y en haber encontrado el tono necesario para que el espectador no le pida coherencia ni explicaciones. Y aún así, tiene más fondo que cualquier película de acción con un héroe profundamente humano y lleno de claroscuros, porque el mensaje, ahora sí, nos resulta brutalmente relevante (igual que era relevante y casi antisistema poner a tu familia por delante del dinero en la era del ultracapitalismo ultrareaganiano). Actualmente: ante una sociedad opresiva, en la que hasta el entretenimiento (su forma más banal: los concursos de la tele) es parte de las herramientas de control y sometimiento, el cabreo y la respuesta directa es la única solución. Es una propuesta que se ha llegado a leer como cínica viniendo de héroes del pasado (por ejemplo, cuando Rambo, herramienta ejecutora del sistema, se alía con revolucionarios de buen corazón), pero que aquí funcion al canalizar ese cabreo permanente que era rasgo definitorio de aquellos personajes (el Schwarzenegger de Commando, el Stallone de Cobra, el Willis de El último boy scout) y aquí se usa como catapulta para el cóctel molotov, las manifestaciones en las calles y el tomar al asalto las cadenas de televisión como acto revolucionario climático, en diez minutos finales de película tan caóticos como absolutamente inauditos (por militantemente bulldozerianos) en el paniaguado cine de acción actual.
Es cierto que estamos lejos del Edgar Wright brillantísimo en lo visual, que nadie se espere otro Scott Pilgrim aquí. Por suerte tampoco tenemos el Wright insípido de Baby Driver o directamente empalagoso de Última noche en el Soho, sino a uno que ha sustituido la furia visual por la contundencia en el mensaje. The Running Man carece de la densidad de otras piezas maestras del fantástico con mensaje de los últimos años, como Sinners o La sustancia, pero es que esta es el equivalente, con los decibelios al 11, de una peli de acción de segunda de hace cuarenta años. Esta no es nuestra Desafío Total o nuestra Rambo III, sino nuestra Ejecutor. Nuestra Encerrado. Nuestra Karate Kimura. Tal y como están las cosas, maná caido del cielo, así os lo digo.
Brevas
Interesantísimo este teaser trailer (cuando esa terminología no tenía las mismas y soporíferas connotaciones de ahora) que se proyectó junto al remake de King Kong, en 1976. Algunos efectos de sonido no son los definitivos y sobre todo, falta la famosa banda sonora de John Williams, aquí sustituida provisionalmente por una pieza de Vivaldi que le da un toque tenebroso y adulto a lo que pronto sería considerado el paradigma de la ciencia ficción luminosa y para todos los públicos. Es interesante no solo porque deja bien claro el obvio poder evocador de Williams, sino porque deja desnudos y a la vista los referentes pulp y para adultos que manejaba Lucas cuando diseñó su mundo futuro: los Moradores de las Arenas o los jawas como criaturas genuinamente aterradoras, Chewbacca como un coloso peludo muy agresivo, secuencias de aventura donde el riesgo y la muerte inminente eran mucho más palpables y robots que, pese a su aspecto y sus líneas de diálogo, tenían que reflejar una tecnología decadente y primitivista, una idea que siempre me gustó de la primera trilogía y que recuerda a ese Dune al que copia continuamente y sin reparos y que se fue perdiendo con las secuelas. En fin, una Star Wars que por desgracia nunca fue, por mucho que ganáramos una banda sonora legendaria.
Estoy escribiendo ocasionalmente textitos para Panini como introducción de algunos de sus lanzamientos de Marvel y DC. En este hilo de Bluesky los voy recopilando todos, y van del enésimo opúsculo sobre Watchmen (que habla precisamente de por qué es pertinente que sigamos reeditando Watchmen) a un sobrevolar los cruces entre superhéroes y el género de terror. Como no soy ningún conocedor a fondo del superhéroe mainstream medio me dejan siempre las rarezas, los vértigos, los elseworlds y las cucamonas, así que todos contentos. Por ejemplo, hace poco salió Godzilla Vs. La Liga de la Justicia, y ahí tendréis a vuestro seguro servidor. No me podía saltar esa fiesta.

Más cosas que he hecho últimamente: escribir un relato de folk horror para la revista Salvaje, en su número 28, que se ha titulado Pastor. Ha siido una experiencia estupenda porque me han dejado escribir lo que me ha dado la santísima gana con una única directriz temática: los delirios debidos al aislamiento que sufren algunos pastores que pasan meses rodeados de la naturaleza. Me documenté tanto sobre las circunstancias reales que rodeaban a la pesadillesca situación como sobre una criatura del folclore pirenaico que siempre me ha interesado: un perrazo con patas de metal que se apoya sobre los durmientes y no les deja respirar, posiblemente como explicación primigenia de los terrores nocturnos, la parálisis del sueño y demás. Conecté las vivencias del pastor con esta criatura demoniaca, la Pesanta, y todo ello lo ilustró maravillosamente Manuel Marsol. Corred a por él, que esto no se lee todos los días.
Lo mío con Los Punsetes ha ido de una mera simpatía a una devoción considerable. Ya no le descubro a nadie lo que sabemos todos: la puesta en escena que tantas críticas recibió en su día y que hoy es casi balsámica entre tanta cucamona vacua del resto de sus colegas generacionales, la brillantez entre faltona y profundamente lírica de sus letras, el sonido fiel solo a sí mismo una vez que han pasado de moda las referencias al indie rock de cambio de siglo que los sostenían en sus primeros discos… Supongo que en tiempos en los que yo estaba a otras cosas (a esta también, pero también a otras), Los Punsetes eran destacables, pero parte de un conjunto más o menos heterogénero y valioso. Hoy son un puñetero oasis, y su obcecación en no desviarse ni un milímetro de un camino que ya solo transitan ellos se me antoja casi heroica.
Los amigos de Choquejuergas, Marta Trivi y Alberto Corona me dieron una alegría cuando descubrí que el programa diario en Twitch de la primera (con intervenciones semanales del segundo, o sea, que se choquejuerguea periódicamente), Comentario de texto, está siendo subido sistemáticamente a Ivoox. Uno, que ya está mayor para ponerse a escuchar en directo cosas en Twitch (ojalá tiempo) y a quien le resulta mucho más conveniente escuchar los programas en ratos muertos y en formato podcast, lo agradece de verdad. En la calité del producto no hace falta ni entrar, el ojo crítico de ambos sigue afiladísimo, y aunque entre ellos y yo hay un bache generacional de veinte años de diferencia, que se dice pronto, ya querría yo que todos los de mi quinta (o unos cuantos, al menos) tuvieran el ingenio tan afilado y la facilidad para soltar las verdades del barquero en todos los programas.
Por ejemplo, me gustó especialmente el programa que le dedicaron a Santiago Segura, donde hablaron muy a fondo de la peculiarísima campaña de desprestigio contra la prensa que ha organizado, porque mi niño necesita que su película le guste a todo el mundo y si no, rompe la baraja. Marta y Alberto desgranan con mucha agudeza cómo la idea de no organizar pases de prensa y camuflarlo de “honor para los fans de verdad” es en realidad una trampa mortífera para, primero, obligar a los críticos a pagar la entrada de su bolsillo (bueno, que paguen, dirá alguno: no diríais lo mismo si supierais cuanto se cobra por una crítica, posiblemente menos de lo que cuesta una tarde en un cine medianito); y segundo, victimizarse cuando llegan los palos y excusar las malas críticas con el “mira qué rencorosos, como no les invité…” Un plan sin fisuras que se analiza en Comentario de texto de forma especialmente divertida porque, obviamente, Alberto tuvo que pagar para verla y es francamente demoledora la desesperación que tiene con las películas de la productora de Segura, de cuyos subproductos se ha convertido en principal némesis en la prensa española. Y -paradójicamente-, en su mejor y más profundo analista.
Marta y Alberto le sacan punta a todo, habitualmente la punta política, porque como buenos millennials saben bien quién tiene la culpa de todas la lamentable situación que les ha tocado vivir, y disparan en todas las direcciones usando las mejores armas que tienen a mano: su ingenio y su profundo conocimiento de las huellas que la sociedad que les martiriza va dejando a su paso con cada pisotón fulminante al estado del bienestar. Huellas que a veces toman la forma de peliculicas y videojuegos. Y ahí que van a estar ellos para no dejar pasar una.
Espérate: LUZ NEGRA

Parece que la escritura de mi nueva cosa, mi nueva novela, se ha asentado y va discurriendo a una agradable (no me oiréis decir muy a menudo que escribir es un proceso satisfactorio) velocidad de crucero. Hay magos (de los de verdad, como Tamariz, no como Gandalf), hay casas con ángulos no euclidianos, hay trampas estilo Saw. Estoy muy contento con cómo está yendo pero claro, para esto queda, queda mucho.
Por eso, para paliar la sed de Alta Literatura, os recomiendo una semana más una zambullida en Luz Negra. De hecho, si ya lo leisteis en su día, ha pasado el tiempo pertinente para que afrontéis una relectura, y plasméis vuestros sentimientos en un diario. Si aún no os habéis puesto, Luz Negra es una crónica poco o nada periodística sobre el rodaje de Nosferatu y todo lo que trajo de la mano. Caos multidimensional, destrucción en las fisuras del tiempo y monstruos gigantes dando zarpazos en los tejados del Berlín de entreguerras. Yo creo que está muy bien, o como mínimo, está estupendo para pasar un buen rato. Se paga carísimo eso ahora, si me preguntan.


